Todo lo da el pájaro:
su canto
y su vuelo,
y su muerte
a los gusanos.
(del libro: "Blablases")
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SOLEDAD
Una mujer llamada Soledad viene con su prole
hacia la puerta de mi casa.
Una mujer llamada Soledad con un niño en cada mano
patea la puerta de mi casa.
Una mujer llamada Soledad y dos niños ateridos.
El gobierno de mi país hace oídos sordos
a ese ruido infernal en mi puerta.
La mujer -que no tiene apellido- logra, por fin,
entrar en casa. En la casa, en mi casa, no hay nadie.
El país está vacío,
pero la cocina huele a bizcocho y chocolate de invierno.
Alguien ha resignado el nocturno bacín sin limosnas ni excrementos
sobre un estante de la desnuda biblioteca.
La mujer llamada Soledad se viste de tres historias muertas
y dos zapatos azules. Los niños se han burlado de sus manos.
Los niños vagabundean por el país y los dormitorios.
(Aún hay manchas de sangre sobre las sábanas
y se escuchan ecuménicos gritos de dolor en los pasillos).
El úkase es tremendo: "¡Hay que exterminar a esa mujer!".
La mujer llamada Soledad escribe algo sobre la fosca pared
que da hacia el paraíso. Algo sobre la ternura y la memoria.
(Un búho, mientras tanto, cruza de noche la frontera
y alcanza su libertad).
La poblada mujer,
Soledad,
se arroja sobre el fuego del mapa
manchando de cenizas un burocrático papel oficial.
A las tantas horas del día tanto del año tanto
Soledad fue invitada a suicidarse para que sus huérfanos
conocieran, a regañadientes, la alegría.
(del libro: "El viajero y la sombra", aún inédito)
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Esta es mi página, y es también la de todos vosotros, Quiero que este rinconcito en la red se convierta, poco a poco, sin distancias y sin conos de sombra, en un lugar de encuentros, de tertulias y de amistades.
Nunca serán virtuales las sensaciones, los sentimientos, las vocaciones. Nos munimos de esta tecnología para acercarnos, para conocernos, porque en el fondo de cada uno de nosotros, de cada ser humano, subyace la sed del otro, la necesidad del otro. Estamos en la red para llenarla de poesía.
Leer un poema. No importa cómo. Antes, el poema, tal vez, estaba en la rupestre figura de un bisonte que nos enviaba un mensaje de plástico lenguaje, después encontramos al poema en un papiro o en unas tablas reverenciadas, luego vinieron los papeles que los árboles nos ofrecían para expresarnos, y hoy, tus pupilas reflejan el poema que alguien te acerca en el monitor de tu ordenador. Ya ves, no importa cómo, no importa cuándo, no importa dónde. La poesía no ha muerto.
Si miramos un poema sólo vemos un manojo de palabras. Si leemos un poema, entonces, aquél manojo se convierte en algo superior que nos hace vibrar, que nos emociona, que nos aturde, que nos invita o desafía. Cuando leemos un poema nos sentimos mejor, más buenos, más nobles, en definitiva, más humanos. ¡Cuánto de lo más digno que tenemos se lo debemos a esa "pequeña cosa..!" El poema es un antídoto a la aridez de lo cotidiano que nos raspa y nos limita, el poema nos defiende del tedio, del acoso material y salvaje, nos regala ese momento tan nuestro, tan íntimo, en el que sólo existen el poema y cada uno de sus lectores.
Te invito a acompañarme en esta aventura digital y poética. Vamos a andar juntos. Nos une esta pasión y este orgullo.
Eduardo Mazo
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