Mañana llegó un visitante

MAÑANA LLEGO UN VISITANTEBuceando en esta nueva y juvenil inquietud por los temas cosmológicos, han caído en mis manos, entre otros, algunos libros que tratan de la posibilidad que el hombre haya sido visitado hace miles de años por seres de otros mundos. Y aún más atrás: antes que el hombre se desprendiera del mono, cuando la tierra era sólo selva y océano.

Me resisto a creer tal cosa, y ninguno de esos libros me ha conven¬cido. Sin embargo, la otra noche (porque, dígame usted, solidario lector, si no es la noche el momento ideal para pensar sobre estas inquietudes), intentando darle un contenido a mi insomnio, me aventuré por los meandros de lo paradójico, saltando de la ficción a lo científico. Era inevitable, después de engullir tantos “recuerdos del futuro”, tantos “retorno de los brujos” y tantos aeropuertos paleolíticos.

Cuidando de no quemar la manta -era invierno- y ya en el séptimo cigarrillo de mi desvelo, pensé que…

Supongamos que en los próximos miles de años ( si usted, querido lec¬tor, en este preciso momento considera inevitable la guerra termonuclear, me arrui-na la hipótesis) o dentro de unos millones de años, el hombre desarrolla hasta tal punto su ciencia que logra, lo que llamaríamos (podríamos llamarlo así, porque esto es simplemente un pasatiempo nocturno) traslación inversa de la teoría de Einstein.

Estoy hablando de la teoría de la relatividad general. Debo reconocer que la mayoría de los científicos -por lo que he leído y me ha contado mi vecina¬- se unen férreamente en aceptar la velocidad de la luz como velocidad límite. Sería una velocidad de radiación en el vacío. Sin embargo, todavía hay ilusos que afirman que la velocidad del pensamiento es más veloz. No “piensan” que el hecho de pensar es, primero, la culminación de un proceso químico temporal y, segundo, que ese mismo desarrollo del cerebro se realiza necesariamente durante el lapso de descifrar, de sentir o de “intuir”.

Yo, que aún me deslumbro frente a un avión a hélice, me quedo con aquél viejo sabio que nos saca la lengua desde los afiches. Por eso mismo, porque todavía conservo la libertad de soñar (uno de los motivos de mi alegría y de mi confirmación como escritor, pues me ayuda a ganar derechos de autor, tan mermados en los últimos tiempos) estoy esta noche (que es la mis¬ma que “la otra noche”) ejerciendo la imaginación. (Ya que hablamos de soñar, he escuchado por ahí que se están haciendo estudios sobre el comportamiento del sueño su modificación, su reconstrucción, etc. Me agradaría que esos expertos me ayudaran a terminar con mis insomnios, sin pastillas, pues así no me vería yo metido en páginas como esta).

Volviendo a lo nuestro, digamos que surgió la parábola. Si hacemos una traslación inversa (ecuaciones aún desconocidas) surgirá la no-luz, o sea, la velocidad máxima. La clave sería mantener latente la energía. Es decir, el sí-tiempo. Sería como quedarse quieto y ver pasar las cosas que al alejarse
nos alejaran. Óigame usted, entrañable lector, si no sería gracioso, que todos esos autores que se rasgan ignotas vestiduras por hacernos creer que hemos sido visitados hace un infinito por extraterrestres, descubrieran un día que estos viajeros son, nada más ni nada menos, que simples seres humanos. Seres humanos… que todavía no han nacido.

Cambiando el tiempo -esta vez del verbo- encendí mi octavo cigarrillo.

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