Otoño en la rambla

OTOÑO EN LA RAMBLA 1-jpegEl otoño suele sentirse como una estación de tránsito. La cruzamos entre la nostalgia del estío que acabamos de dejar y los preparativos que tomamos para enfrentar el filoso invierno que nos espera agazapado entre las luces de la próxima Navidad.

Más allá, mucho más allá, siempre juvenil y colorida, la primavera parece esperarnos en una cita de abriles y días de rosas y de libros. El otoño ha bajado a la Rambla. Y se nota. Ya no son tan jóvenes los turistas que la caminan, ya va mermando el verde de sus árboles, que resisten polución y otras amenazas. Y por las tardes, la gente pasea con una chaquetilla al hombro, “por si refresca”.

OTOÑO 2 Las esforzadas y     esforzados trabajadores de la limpieza bregan con impotencia (pasando la escoba de arriba a abajo o con una simpática máquina ad hoc) contra las hojas que parecen caer sin fin desde un cielo de selva. Una y otra vez. El otoño los vence. Las baldosas ondulantes de la Rambla se enmoquetan de naturaleza invencible como para demostrar que no hay brigada que, con toda la tecnología punta, pueda con ella.

Las estatuas vivientes esconden una o dos camisetas debajo del disfraz. Y aquellos que se muestran a pecho descubierto -indios, odaliscas, habitantes de neveras- ya están pensando qué nueva práctica y protectora imagen van a preparar para estos duros y no tan fructíferos meses. Hasta el perro de Paco -ese que le hace coro a su dueño en sus rítmicas salmodias- luce ahora más abrigado, dispuesto a resistir el frío y seguir, ahí, quietecito y dócil, soportando decenas de caricias y miles de fotografías. Hay una cordialidad otoñal en la Rambla. Una suave ralentización en el andar, en el aire seráfico del paseo. Todo parece más tranquilo y más cercano. Promedia la mañana con un solecito que “da gusto” y la tarde cae como una caricia. Los noctámbulos se guían por las luces de los kioscos que nunca duermen. La Rambla está de otoño. Siempre guapa.

La Vanguardia 02/10/2001

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