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anécdotas de Borges
 

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La revista “VIVA” del diario Clarín de Argentina, del domingo 9 de mayo de 1999, año en el que Jorge Luis Borges hubiera cumplido cien años, entrevistó a varios amigos y conocidos del autor para reflejar anécdotas inéditas, historias íntimas y todo un espectro de encuentros y situaciones. Aquí transcribimos algunas de ellas.




El escritor soporta, en los estudios de TV Sonotex, los rigores de un aviso publicitario para promocionar la Biblioteca Personal Jorge Luis Borges. En pleno verano porteño, la temperatura en el estudio es insoportable. En un momento Borges queda en un rincón, bajo un reflector impiadoso, dentro de un traje oscuro. Transpira. Saca un pañuelo y se lo pasa por la frente.


-María- grita al vacío, llamando a su por entonces compañera y más tarde esposa, María Kodama. La mujer se acerca.


-María- le pregunta Borges- ¿ya estoy en el infierno?





Varios escritores jóvenes se reúnen con Borges en su departamento de la calle Maipú. Todos lo escuchan como se escucha a un oráculo. Sin embargo, uno de ellos sorprende por su narcisismo literario que lo conduce, siempre, a citar sus propias obras. “A mí me han interesado temas que usted supo tocar en sus libros. Por ejemplo, los espejos y los sueños –dice-. Es más, estoy escribiendo un cuento en el cual mi madre, que murió hace diez años, me saluda en un sueño desde adentro de un espejo”.


Borges pierde la paciencia.


-¿Su madre murió hace diez años? –pregunta-. ¿Y lo saludaba desde adentro de un espejo?


Después de una pausa, impiadoso, Borges comenta.


-Qué atenta su madre.





Lo invitan a Borges a un gran congreso internacional de psicoanalistas y psiquiatras en los Estados Unidos, a fines de los años 60. Es el único escritor en el encuentro. Le preguntan: “Maestro, ¿cómo se siente al ser el único escritor entre tantos psicoanalistas?” Borges mira cómplice a María Kodama y se pone a reír: “En realidad estoy entre mis pares, ¿no es acaso el psicoanálisis una rama de la literatura fantástica?”




Es 1964, Borges se entera de que la mujer que ama se va a casar con otro hombre. Y tiene un pensamiento casi literario: para poder sacarse el dolor espiritual –se dice- lo mejor será suplantarlo por el dolor físico. Decide ir al dentista. Borges se debía un arreglo de tres muelas y pide la inmediata extirpación de las tres. Juntas.




Con un pañuelo ensangrentado en la boca llega a la Biblioteca Nacional. Su amigo y vicedirector de la Biblioteca, José Edmundo Clemente, le pregunta:


-¿Qué le ha pasado, Borges?


- Vengo del dentista. Me fui a sacar una muela y le pedí que lo hiciera sin anestesia. Estoy triste porque una mujer me abandonó. Quería olvidar el dolor, Clemente. Pero no puedo olvidarlo.



 


Una mañana de octubre de 1967, Borges está al frente de su clase de literatura inglesa de la facultad. Un estudiante entra y lo interrumpe para anunciar la muerte del Che Guevara y la inmediata suspensión de las clases para rendirle un homenaje. Borges contesta que el homenaje seguramente puede esperar. Clima tenso. El estudiante insiste: “Tiene que ser ahora y usted se va”. Borges no se resigna y grita: “No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio”. El estudiante amenaza con cortar la luz. “He tomado la precaución –retruca Borges- de ser ciego esperando este momento”




Tres funcionarios del Ministerio de Educación lo visitan para hacerle un ofrecimiento: un auto y con chofer.


-Siempre hay alguien que me viene a buscar. Además –se ataja Borges- voy a estar pensando que hay una persona ahí, adelante, esperando que yo le diga algo.


Los funcionarios –es su trabajo-insisten.


-Pero Borges, el Gobierno dispone de muchos autos para servir a distintas personalidades.


-Es que en un país donde hay tantos vivos, tal vez sea bueno que haya algún tonto para equilibrar.




Acompañado por María Kodama, Borges vuelve en 1980 a Palma de Mallorca, donde había pasado varios años de su juventud. Rafael Jaume, dueño de la librería Caballo Verde, le muestra una reliquia: un libro con 16 poemas juveniles de Borges. El escritor le ordena a Kodama: “rómpalo inmediatamente”. Elle le explica que tiene una buena foto suya en la portada. “Entonces, guarde la foto y rompa el resto”, insiste Borges, sin dudar.



Principios de los 70. Borges es Director de la Biblioteca Nacional y su ceguera, cuando hay luz, le permite apenas distinguir algunas sombras. En la antigua sede de la calle México, la escritora y traductora Clara Argibay avanza por un pasillo. De pronto advierte que, en sentido contrario a ella, avanza Borges. El pasillo es angosto. Entre la emoción y el nerviosismo, ella duda hacia qué lado correrse para facilitarle el paso al escritor. Finalmente logra hacerse a un lado y queda casi de espaldas a la pared. Sin desviarse un centímetro de su camino, sin cambiar el paso ni disminuir siquiera su andar, con la mirada perdida al frente, Borges pasa junto a Argibay y le dice: “El ciego soy yo”.



 


Una revista de actualidad reúne a Borges con el director técnico César Luis Menotti. “Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo”, comenta Borges más tarde.




María Kodama todavía se emociona al recordar una anécdota de mediados de los 70, en su primer viaje a Japón.


“Estábamos en Tokio. Borges estaba junto a un periodista inglés y me hace llamar –rememora Kodama-. Me hizo pasar un momento incómodo. Me dice: “Quiero que lo escuche porque sino no me va a creer”. El periodista me mira y repite: “Ustedes dos juntos son, para mí, como la encarnación de Próspero y Ariel, los personajes de La Tempestad, de Shakespeare”. A partir de entonces, esos fueron unos de los nombres con los que nos llamábamos. Justamente, años después en Venecia, Borges hizo un primer borrador del guión de una película (que no terminó) donde los protagonistas eran Próspero y Ariel”




Buenos Aires. 1979. Borges cumple 80 años. Roberto Alifano y otros amigos le organizan un homenaje en la Sociedad de Distribuidores de Diarios, Revistas y Afines. Hay muchos invitados. Borges está sentado junto a Alifano. De pronto, el bullicio cesa. Suenan los primeros acordes en la guitarra de Roberto Grela y el bandoneón de Ernesto Baffa: “Me acuerdo, fue en Balvanera/ en una noche lejana”. Edmundo Rivero canta la Milonga de Jacinto Chiclana, publicada por Borges en 1965 y musicalizada ese mismo año por Astor Piazolla. De pronto, la mano de Borges busca el brazo de Alifano. Lo aprieta y le dice: “Alifano, Alifano... dígame una cosa: ¿Estoy llorando, no?




Buenos Aires, 1960. Borges recibe en su despacho de la Biblioteca Nacional a dos jóvenes escritores que quieren entrevistarlo. Uno de ellos, Abelardo Castillo, le pregunta: “¿Qué piensa de Sartre?”. “Bueno, caramba, -confiesa Borges sonriente- no suelo pensar en Sartre.” Castillo ríe y, luego, le indica que en uno de sus cuentos, Borges hace decir a un personaje una jugada de truco imposible. “Falta envido y truco –escribió Borges- y si hay flor, contraflor al resto”. Castillo explica que la falta envido niega la flor. Borges piensa un momento y se defiende: “Se puede, si uno todavía no ha visto las cartas. Y si hay flor, vale”. Pasan 23 años. Borges ya tiene 84 y se encuentra con Castillo en un acto. Alguien le comenta que Castillo es de San Pedro. Borges le pregunta qué piensa de Hormiga Negra, un famoso cuchillero del siglo XIX, de esa zona. “Le voy a contestar como usted me contestó hace un tiempo –anuncia Castillo-: “No suelo pensar en Hormiga Negra”. Borges ríe con ganas y pregunta cuándo había dicho algo parecido. Castillo le cuenta la anécdota de Sartre en la Biblioteca Nacional. “Sí, sí, -recuerda Borges- ese día ustedes me hacían una nota y discutimos sobre el truco. Y yo tenía razón”.




“Dígame, Borges. ¿Alguna vez probó drogas?” El periodista de La Razón espera una confesión que, de existir, podrá ser el título de su nota. Borges responde: “En varias ocasiones intenté fumar marihuana, pero siempre fracasé. Finalmente opté por quedarme con las pastillas de menta”.




Borges está tomando exámenes de literatura italiana como profesor adjunto. Una alumna le resulta simpática y él pretende ser benévolo. “¿No es verdad, señorita, que La Divina Comedia, está escrita en verso?, Interroga. La alumna contesta que no. Borges no se resigna y la ayuda: “La felicito, porque seguramente la obra de Dante es mejor en prosa que en verso”.



 


Muchos de los que escriben sobre Borges intentan contagiarse de su estilo. “Los imitadores son siempre superiores a los maestros –opina Borges al respecto-. Lo hacen mejor, de un modo más inteligente, con más tranquilidad. Tanto que yo, ahora, cuando escribo, trato de no parecerme a Borges, porque ya hay mucha gente que lo hace mejor que yo.”




En diciembre de 1977, el rector de la Universidad Nacional de Jujuy, monseñor Germán Mallagaray, acusa a Borges de ateo, vanidoso y anticristiano. El escritor contesta: “Yo soy agnóstico, ni siquiera sé si soy ateo. Todo es posible: ni siquiera estamos seguros de que Dios no exista. De algún modo, me siento halagado pensando que soy digno de una réplica episcopal”.




Borges visita Roma en enero de 1981. Una periodista belga le pregunta si quiere conocer al Papa. “El Papa es un funcionario que no me importa mucho”, contesta Borges. “¿Funcionario de qué?” Repregunta la muchacha. “Pienso que de la Iglesia Católica... aunque usted sabe que yo siempre estoy mal informado”.



 


Borges está viajando por Europa y le preguntan por Buenos Aires. “Es una ciudad fea –contesta-. Pero es preferible soportar su fealdad de cerca que sufrir su nostalgia desde tan lejos.”



 


En la calle una mujer reconoce a Borges y se acerca a hablarle. “Maestro Borges –dice- qué placer encontrarlo. Quiero decirle algo que, espero, no lo tome a mal: sus libros me parecen aburridísimos. No sé por qué es tan famoso si escribe libros tan aburridos”. Borges le aconseja: “No tiene que leerme a mí. Le recomiendo un escritor argentino mucho más entretenido: Eduardo Mallea”. Borges sentía un profundo cariño por Mallea, pero no por sus libros. La mujer se aleja y Borges comenta a quien lo acompaña: “Qué lindos títulos que tiene Mallea: “La bahía del silencio”, Todo verdor perecerá. Hace una pausa y agrega: “Lástima esa manía de Eduardito de adjuntarles libros”.




Borges se encuentra con el poeta Carlos Mastronardi y, al ser consultado acerca de su cuñado, Guillermo de Torre, Borges responde que la relación va cada vez mejor: “Yo no lo veo y él no me escucha”. De Torre, obviamente, se estaba quedando sordo.




En un café de Buenos Aires, Estela Canto, ex pareja de Borges, poseedora del manuscrito de El Aleph (cuento que, además, le está dedicado), le confiesa al escritor que piensa vender ese original. Borges no se opone. “Pero voy a esperar a que te mueras –agrega ella- para que valga más”. Herido, Borges responde con una frase ambigua: “Si yo fuera un caballero, en este momento iría al baño y se escucharía un tiro”.



 


Buenos Aires, 1982. Una mañana, un conocido político visita a Borges. “Supongo, señor, que después de nuestra toma de las islas Malvinas, su opinión sobre la literatura inglesa se habrá modificado”. “Sí, -responde Borges-. Ahora estoy en guerra con Shakespeare y con Sherlock Holmes y he desafiado a duelo al Dr. Johnson y a De Quincey”.




En una de las tantas tardes que compartí con su amigo Clemente, Borges dice:


- Usted es muy mujeriego, Clemente. Yo lo he sido. Cuando tenía 20 años tenía una novia en Villa Urquiza. Yo vivía en Las Heras y Pueyrredón. Nos citábamos a la vieja usanza, los jueves y los sábados de 19 a 21 hs. Ella me esperaba en el zaguán de su casa a las 19. Pero yo salía de mi casa a las 13 e iba caminando, porque yo ya estaba yendo.




Un vecino del edificio de la antigua Biblioteca Nacional tenía un acordeón y estaba aprendiendo a tocarlo. Todas las tardes, interpretaba tan sólo cuatro acordes del tango El garrón.


Borges un día dijo: “¡Qué lindo tango! Ojalá no lo aprenda a tocar nunca”.




Antes de ser nombrado profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, solicitan a Borges un currículum. “Denme un par de semanas –responde Borges-. Es un género nuevo el que usted me propone y necesito tiempo para abordarlo”. Dos semanas después, el profesor Delfín Garasa pasa a buscar el currículum. “¡Caramba! –exclama Borges-, aún no lo hice. Pase mañana, por favor”. Al día siguiente, desconcertado, Garasa lee el texto entregado por el escritor: “Jorge Luis Borges, nacido en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. Ex profesor de la Universidad de Austin. Autor de algunos libros de poesía, cuentos y ensayos”.


 
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