AL MAESTRO
Si te morís...
¡Qué cosas digo!
¡Morirte vos, che Borges!
Si sos como tu cuento:
más inmortal que Homero
(sumando eternidades
me dicen que te han visto),
más ciego aún que Pluto,
más nuestro.
más que Borges, sos,
hierro carbónico más que Jorge,
más penúltimo estrago,
más pomelo cayendo,
Luis.
¿Te imaginás? ¡Morirte!
¿Quién de los dos? ¿El otro?
Se funde tu vinagre en la metáfora
del adoquín diluido
en el magma que une la sombra de Yorkshire
con el patio de enfrente.
Escribo que subirte la sonrisa
es un poema nuevo,
que bajar a tus manos Buenos Aires
a la luz de la "sangrienta luna"
es acaso el camino del olvido,
(aquel viejo reloj de siete agujas
por el que nadie clama).
Porque tus dedos veo,
copulando tus dedos,
como fueron por siempre los comienzos
de todas tus azules leyendas
y el penúltimo verso.
Voy a romper los diarios donde venís
con el perfil cansado
para homenajearte la modestia
dejando que la noche -como un país digital,
lejos de todo-
susurre la nomenclatura de un pájaroque se sabe los humos
y convoque en su negrura al indio
y al hermano noruego arrepentido de sus triunfos.
Desde el genético universo de mis hilos
yo te quiero, maestro.
¡Qué te vas a morir,
si sos un sueño!
AL MAESTRO, POR NO SERLO
Por sobre todas las piedras
amo a Borges
que me enseñó a no escribir,
revelándome que la quimera
toca la sirena al despertar
cuando la mañana aún no es el odio
y el hombre ve todavía la rosa sobre su cama,
la rosa soñada en el edén;
amo a Borges,
silencioso como un niño,
al Borges que se atrevió
a una palabra sola
cansándose del vértigo de nombrarla
entre los almacenes del silencio.
Por sobre todas las negaciones
impetro un viejo que fue joven,
más joven aún que yo
y que el mundo,
un personaje sortilegio
para que las brujas, asustadas,
desaparezcan,
y el atronar que viene de los libros
aturda todas las imprecaciones que nos manchan
y limpien de las bocas
el balbuceo hereje del poema.
Amo a Borges por sobre Borges.
EL SOBORNO
Dice Borges -cabalísticamente-
que un desconocido signo,
en alguna parte,
contiene todos los vocablos,
todas las razones,
y se contiene a sí mismo,
y es innombrable.
¡Vamos, Georgie,
vos sabés que esa grafía
deja de ser misterio
en el soborno de proclamarnos "yo!"
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