Breve es cualquier tiempo. En el recodo de uno de ellos arribó, por enésima vez, a su segunda patria. Lo saludaron descendientes de añosos gorriones, el bramido del chorro del agua sobre el lago que jamás descansa, y el reloj de flores de la plaza del centro. Esta vez, para siempre, quedaron atrás los caudillos conservadores del suburbio, la enajenación del tango y un macabro legado. Su mujer -el olor de una isla ceremoniosa y hermética- lo condujo hasta el hotel que se premiaba con su estancia. En los primeros días, cuando el otoño es sólo un tímido intento del color, conoció el diagnóstico, que fue el más sutil regalo de bodas. En la otra patria, al otro lado de la sal, se cruzaban los buenos y los malos. Para los unos quiso dejar alguna que otra línea indultada, para los otros, el invisible ejercicio de la indiferencia. Dos delgadas herencias, como la sombra de un pañuelo a la orilla del puerto. Por no atreverse, no se atrevió ni a un efímero epitafio, ni aventuró escribir un caliente mensaje de amor con las dos manos en el espejo. Supo sí, supo que el bisturí, que tantas esperanzas le perforó los ojos, tenía un lejano pariente que soñaba como un tigre encerrado en el cajón de un escritorio de una casa con rejas. Por eso la sangre fue su opción más temida. Desde un árbol de guerrero le cayeron espadas y ayes de venganza. Pero él fue más allá, a confabularse con la sombra que no distingue divisas ni agonías, en el territorio de los combates innecesarios. Sin embargo lo mancillaron (esa vieja costumbre sureña) con un ceremonial de plumas e instintos. Abandonó el viejo edificio habitado por libros y esperó la inevitable caída periódica de los dioses y sus secuaces sin confiar en revanchas ni otros ominosos triunfos. Su padre le había legado la repulsión a la blasfemia y la paciencia libertaria que sabe del fin de las carnicerías y de las patrias. Durante su vida (o la insinuación de su vida) tuvo encuentros celestiales que aprovechaba para debatir sobre círculos y otros infinitos con sombras parecidas a la suya. No fue feliz. Tampoco conoció el sosiego del olvido. Tuvo, entonces, lo que todos los hombres: la posesión del miedo y el estéril deseo. Cierta oportunidad, cuando ya la espalda ordena los dolores, en un banco, frente al espejismo de un lago como éste, soñó con un joven que lo estaba soñando. Se dijeron sus cosas entre el viento y la música, hasta que, sabedor que el otro lo vencía, hizo un ademán dentro del sueño y alteró la escena. También, ya muy atrás, en esa inmensidad de la nada que es el pasado, su madre lo llevó de la mano junto al reloj de flores que marcaba una hora desconocida. Luego vinieron a despedirse todas las páginas que fueron su alimento. Catorce días con sus noches se había llevado junio hacia el desierto, cuando en el país de los horarios, de hospitalaria condolencia, los ojos de ella vieron por él todas las soledades y todas las lágrimas. Y él, una vez más, ofreció su muerte memoriosa.
(de mi libro: "La palabra, ese cristal")
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