ALEJANDRO PUSHKIN
UN PRISIONERO
Estoy tras de las rejas en húmeda prisión. Mi compañero triste, criado en cautiverio, es un águila joven que sacude sus alas y pica en mi ventana su sangrienta ración. Luego arroja y mira a través de los cristales como si tramara lo mismo que yo y me llama con su mirada y con su grito como diciendo: "Huyamos... echemos a volar... Somos pájaros libres: es hora hermano, ya. Volemos a las cumbres, más allá de las nubes; allá donde se ve la ribera del mar allá donde habitamos, tan sólo el viento y yo".
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Esta es mi página, y es también la de todos vosotros, Quiero que este rinconcito en la red se convierta, poco a poco, sin distancias y sin conos de sombra, en un lugar de encuentros, de tertulias y de amistades.
Nunca serán virtuales las sensaciones, los sentimientos, las vocaciones. Nos munimos de esta tecnología para acercarnos, para conocernos, porque en el fondo de cada uno de nosotros, de cada ser humano, subyace la sed del otro, la necesidad del otro. Estamos en la red para llenarla de poesía.
Leer un poema. No importa cómo. Antes, el poema, tal vez, estaba en la rupestre figura de un bisonte que nos enviaba un mensaje de plástico lenguaje, después encontramos al poema en un papiro o en unas tablas reverenciadas, luego vinieron los papeles que los árboles nos ofrecían para expresarnos, y hoy, tus pupilas reflejan el poema que alguien te acerca en el monitor de tu ordenador. Ya ves, no importa cómo, no importa cuándo, no importa dónde. La poesía no ha muerto.
Si miramos un poema sólo vemos un manojo de palabras. Si leemos un poema, entonces, aquél manojo se convierte en algo superior que nos hace vibrar, que nos emociona, que nos aturde, que nos invita o desafía. Cuando leemos un poema nos sentimos mejor, más buenos, más nobles, en definitiva, más humanos. ¡Cuánto de lo más digno que tenemos se lo debemos a esa "pequeña cosa..!" El poema es un antídoto a la aridez de lo cotidiano que nos raspa y nos limita, el poema nos defiende del tedio, del acoso material y salvaje, nos regala ese momento tan nuestro, tan íntimo, en el que sólo existen el poema y cada uno de sus lectores.
Te invito a acompañarme en esta aventura digital y poética. Vamos a andar juntos. Nos une esta pasión y este orgullo.
Eduardo Mazo
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