“Voy a morir, te quiero”

avion torres¿Por qué, alguien, a punto de morir estrellado contra un edificio a centenares de metros de altura, pulsa velozmente su móvil para dejar un apurado mensaje de amor al receptor? La respuesta esconde en sí misma el sentimiento más profundo del ser humano. En ese mismo instante, otro protagonista de nuestra historia viaja hacia la muerte exaltando, en un delirante alarido, a un dios que imagina ser más grande que los otros.

“Voy a morir; te quiero”.

Amor y muerte. Entremos con nuestra ya dolorida imaginación a uno de esos aviones enfilados a la tragedia. La situación fluctúa entre el pánico, los orines y los vómitos. Cuatro o cinco pasajeros se han transformado en basiliscos. El fin de esta situación se revela como irreal. Se ha extrapolado. No existe. Los minutos son eras geológicas en el alma de los pasajeros. La realidad toma los mandos del aparato. Cuando los hechos desfiguran los deseos todo cambia. Entonces aquél ser humano -el nuestro- busca clandestinamente el aparato en su bolsillo. Tembloroso, marca un número. Alguien, en su casa u oficina, pulsa el “ok” como si dijera aquí estoy, siempre estaré cuando me necesites. Mientras apura el desayuno o termina un informe, apretando el teléfono entre la barbilla y el hombro, escucha:

Voy a morir. Te quiero

Y luego el silencio. Ahí está, precisamente, el terror. Es sólo un mensaje. No hay diálogo. No hay respuesta al desesperado y enloquecido: “¿qué pasa?”. ¡Cuánto amor proclamaríamos -si nos dejaran- ante cada muerte!

Voy a morir. Te quiero

Todos los pasajeros tienen amores fuera de ese avión. Los que pueden lanzar el mensaje lo hacen también en nombre de todos ellos. Esta vez, ese aparato, que no debe ser usado porque produce interferencias que afectan la navegación, sirvió para ahogar con un mensaje de amor un grito demente e inútil.

La Vanguardia 19/09/2001

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