La rambla de las flores

111)Tal vez solamente las narices más afinadas pueden llegar a distinguir y captar la fragancia de ese colorido que se empeña en existir en medio de un tránsito contaminante y agresivo en Barcelona.

Sin embargo, ahí están. Son los característicos puestos de flores y plantas de la Rambla que desde finales del siglo diecinueve, a la vera de la Exposición Universal, se levantaron.

Primero las componían simples y olorosas canastas de flores, que ayudaban a llevar algunos reales más a la normalmente precaria economía doméstica, y evolucionaron hasta alcanzar su actual diseño, en los tiempos del reinado del euro.

Escritores y pintores ahítos de ese enfático paisaje dejaron su huella en múltiples textos y dibujos; tanto fue así que todavía hoy es posible recorrer y recrearse con la historia de ese tramo urbano barcelonés simplemente leyendo un libro o visitando un museo.

 

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Pero ya no rodean esos puestos las tertulias a las que dieron vuelo artistas de la talla de un Ramón Casas o un Santiago Rusiñol. Sin embargo, han visto -y siguen viendo- pasar por delante de sus macetas y ramos la historia de una ciudad que, como decía Karl Marx, ayer era el lugar del mundo donde con mayor presteza se levantaban las barricadas revolucionarias, y hoy es mirada -y admirada- atónita de turistas videocámara en ristre. Y es el lugar donde el adolescente retrasa subrepticiamente el paso para comprar una rosa a su pareja. Y en este mágico y sorprendente instante, se convierte en un adulto… enamorado. En el beso respuesta de la muchacha se trasluce todo un mensaje de emoción incontenida.

La rambla de las Flors es un rincón tan entrañable que cuando muere uno de sus floristas, llora la ciudad. Las mañanas se estrenan como si el propio paseo fuera una flor: abriéndose a las primeras luces, y resguardando su textura cuando cae la noche. En esa simbiosis está encerrada la magia de ese lugar que sobrevive a los proyectos más vanguardistas y osados. Más allá de los puntuales días, cada jornada merece una flor (que siempre lleva un mensaje de alegría o de perdón), o una planta para la sala, o una semilla, incluso, para quien tenga la alegría de un jardín. Un día, las flores vencerán al “smog”.

La Vanguardia 3/07/2002

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