Espías en paro

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1No me negarán que todo era más romántico antes. Recuerdo aquel mítico espía soviético, llamado Sorge, que desde las mismísimas entrañas del régimen nazi alertó a Stalin de la tremenda invasión que se le venía encima. Sin embargo, el georgiano, bruto y endiosado, no creyó ni a su propio agente. En fin, que la vida de los espías nos hacía volar la imaginación, despertaba incluso nuestros sueños miméticos.

Pero todo esto se acabó. Ahora las guerras, los ataques, la invasiones, los bombardeos, los asedios, los desembarcos, etcétera, se anuncian con muchísima anticipación y alevosía. Se llama a una conferencia de prensa, primero se sirven unos bocadillos y algo para beber en la mesa enmantelada, luego los periodistas se sientan en el amplio y cómodo salón de prensa, se apagan los móviles, aparece en escena el secretario de Defensa acompañado por el jefe mayor de la misión y se muestran –bello y colorido mapa mediante– las imágenes satelitales, la disposición de las distintas fuerzas, la potencia de fuego y hasta el catering de la tropa. Y ya en el clímax de la reunión, se confirma el día y la hora del ataque.

En semejante escenario los espías se han ido paulatinamente al paro. Si nos ponemos un poco irónicos, se nos hace una parodia tipo Gila, donde el enemigo que no tiene presupuesto para espías le pide al otro enemigo que le diga cuando tienen que poner las sirenas de peligro, y el enemigo “bueno” le avisa la fecha señalada para el aquelarre.

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Busquemos pues estas guerras en la programación de la tele. Viernes, veintiuno de febrero, por ejemplo, canal CNN ofrece el primer bombardeo a Bagdad y sus alrededores, compitiendo en rating con programas del corazón, deportivos, etcétera. Somos libres de elegir con el mando a distancia, que es un poco también nuestra arma invencible.

Todo parecería una burla ridícula, un descenso a lo absurdamente banal si no fuera porque, cuando caigan las bombas y arrasen los misiles, se llevarán la carne y los huesos, las sonrisas y las ilusiones de hombres como usted, lector; de mujeres, como tú, lectora, de niños como los vuestros. Y debajo de tanta estulticia se pudrirá la vergüenza humana.

La Vanguardia 07/01/2203

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