¡Epa, la primavera!

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“¡Epa, la primavera, y yo con estos pelos!”, parece decir la Rambla mientras diligentes jardineros y operarios municipales van podando sus árboles desde lo alto de una máquina de largo y metálico cuello. Llegó la primavera y todo se apresura en una urgente coquetería de bienvenida. Hay un mayor énfasis en la luz del día, una profundidad de fragancia en la botánica de los jardines y los maceteros, una esbelta definición de colores y sonidos, unas ganas enormes de abrirse paso hacia eso que llaman felicidad, tenga ésta la forma que tenga.

Mientras aún resuenan y vuelan los gritos contra el sistema, mientras todavía sombrea la imagen del antidisturbio plantado en una esquina y mientras en las páginas de los periódicos quedan los últimos rescoldos de las resoluciones oficiales de la otra Europa, van tomando posiciones y territorio los habitantes de la nueva primavera.

En primer lugar, por supuesto, los enamorados. Para ellos, todo el año es azul y musical, todo el año es primavera; luego asoman la nariz aún roja de frío los ancianos que abandonan lentamente bufandas y estufas salvadoras para darse una vueltecita por la Rambla, la primera del año. Les siguen los bohemios de tertulias y copas nocturnas y secretas que salen a la luz del día para comprobar que a esa hora también se puede brindar por la soledad y los fracasos; detrás, se acercan, despacio, casi clandestinamente, sin papeles, los inmigrantes de cálidos países que han soportado el odiado y tenaz invierno recogiendo frutas o paleteando el cemento, o cuidando invernaderos bajo el plástico de la tristeza y los recuerdos familiares.

La primavera regala su alegría a quien quiera tenerla. Y es gratis. ¡Gratis! Es la gran promoción de la vida. Todos hemos sido seleccionados para ser felices en primavera. No se necesita presupuesto municipal para iluminar la ciudad, no son necesarios oropeles de diseño ni tampoco campañas publicitarias. Ella se acerca, zigzagueando por los días de marzo, hasta alcanzar el día veintiuno, mira a lo lejos el último toque de nieve que todavía persiste en la montaña y nos invita a bailar bajo un sol perfecto y solidario. ¡Qué ganas de vivir!

La Vanguardia 26/03/2002

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